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Desperdiciar o perderse completamente.

  • Foto do escritor: Guada Lupe
    Guada Lupe
  • 25 de fev.
  • 5 min de leitura

hortalizas arte alimentación


El despilfarro es el gasto excesivo, y generalmente superfluo, que destroza, dilapida, derrocha.

Derivado del sustantivo latino desperditio, referente a la dispersión, destrucción y a la acción de perder completamente, el desperdicio es la ruina, la perdición. Significa el derroche o residuo que no se puede aprovechar o volver a utilizar.

Y desecho es todo aquello que queda después de haberse escogido lo mejor y más útil de algo. El resto, las sobras, las piltrafas, dice la RAE.


En 1990, en la Argentina se utilizaron 35 millones de litros de agroquímicos.

En 1994, durante mi 1er Feria de Ciencias, asumí el compromiso de Ayudar a construir um mundo mejor.

En 1996, cuando se aprobó la soja transgénica y ya se utilizaban 98 millones de litros de agrotóxicos, mi abuelo Pancho (el que nos decía que no nos acercáramos a la mochila de plástico azul con la que aplicaba matayuyos sobre sus cultivos), fue diagnosticado con cáncer.


En 2011, mientras los campos argentinos se rociaron con 370 millones de litros de veneno, conocí a Myrian Genisans (que me invitó a participar de la ASANOA) y me uní a Pro-Eco Grupo Ecologista.

En 2021 realizamos Monte Urdido, una acción de tejido de plantas exóticas “invasoras” del suelo de bosque nativo en la localidad de Raco, a fin de ensayar una rehabilitación del territorio.

El acto de tejer la materialidad brindada por esta planta de perfil exótico, conceptualizaba problemáticas bioculturales, haciendo una intervención que arriesgaba un ensayo de “poner orden” en el desorden que con su hegemonía el Sorgo de Alepo impone a las plantas nativas. Las plantas que constituyen bosque nativo, detentaron su potencial biodiverso, natural y cultural, a poquito de permitirles espacio, luz solar y aire.

El tejido fue accionado como un gesto simbólico: no de eliminar, sino de re-ordenar, de dialogar, de rehabilitar, entablando con ello una práctica de cuidado y resistencia.


Apareció aquí el Sorgo de Alepo y su historia: originario de África central, se introdujo en América con el transporte de esclavos desde África. Esta planta posee mecanismos de propagación muy eficaces y tiene un enorme poder de adaptabilidad a gran variedad de agroecosistemas y amplias latitudes. El Sorgo de Alepo es una de las 10 "malas hierbas” más dañinas a la agricultura mundial (ya que bajan su productividad)

En Argentina el primer caso de resistencia a glifosato se confirmó en el año 2005 en biotipos de Sorgo de Alepo.

Con él surgió el Proyecto hortalizas.


Por un lado están los agroquímicos, base del modelo de producción agropecuaria dominante: generan daño genético y conllevan mayores probabilidades de contraer cáncer, sufrir abortos espontáneos y nacimientos con malformaciones. La exposición humana a mezclas de agroquímicos puede incrementar el riesgo de desarrollar patologías relacionadas con la genotoxicidad. El corrimiento de la frontera agropecuaria, además, acarrea más desmontes, más poblaciones desalojadas y más uso de agrotóxicos.

Y por otro lado están las llamadas mala hierba, yuyo, monte o planta indeseable. Cualquier especie vegetal que interfiere con intereses y actividades definidas por el Hombre, se considera maleza.

"Hortalizas" es una reivindicación a todos los "yuyos" resistentes a herbicidas que más allá de significar una amenaza para el sistema agropecuario interpretan una naturaleza multidimensional donde el alimento y la agricultura forman parte de un entramado social, económico, cultural y ambiental sano, recíproco y soberano. Este proyecto propone el reconocimiento de "malezas" resistentes a herbicidas (sobre todo al glifosato) existentes en nuestro país según el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agropecuaria (SENASA).

Por medio de ilustraciones realizadas con tintas de hierbas recolectadas en zonas aledañas a monte nativo tucumano y alrededor de plantaciones de soja RR, "Hortalizas" invita a reflexionar sobre los valores vigentes dentro del actual sistema alimentario y cuestionar la criminalización de la vegetación en nuestro territorio.

El proyecto se ha replicado en diferentes ciudades, identificando plantas resistentes, alimenticias no convencionales o criminalizadas, en una práctica transterritorial de cartografía viva.

Por medio de un proceso de identificación, recolección, maceración, decocción, estabilización, precipitación y decantación, se obtienen los pigmentos con los que se elaboran tintas, crayones y acuarelas.

La resistencia química de cada planta se convierte en pigmento, arte y testimonio:

  • Metáfora de la lucha socioambiental: Se adaptan, persisten, estabilizan y protegen los suelos.

  • Archivo vivo: Contienen en sus células la historia del envenenamiento que resistieron y al cual sobrevivieron.

  • Agentes de justicia: Su misma existencia denuncia el modelo productivo.

Las plantas resistentes a herbicidas son seres vegetales que comparten sus dones con nuestra especie como alimento, medicina, material para bioconstrucción, sombra, paisaje e inclusive ahora, desde este proyecto, como materialidad pictórica.

Pensando el proceso creativo como práctica transgeneracional, transtemporal y transterritorial de investigación-creación, este ejercicio de ecología artística, ronda en la pregunta sobre cuál es el desecho.

Si lo para el agronegocio, las corporaciones y los funcionarios cómplices, desechable es todo que no aumenta su productividad y lucro, si tanto cuerpos como territorios somos despilfarrables, el desperdicio, para ellos, no son sólo los bienes naturales con los que trabajo sino toda Naturaleza.

Si el desperdicio es 'lo que no se puede aprovechar', ¿qué sucede cuando un sistema declara 'inútiles' a seres vivos que, en verdad, sostienen/sostenemos la vida? Quizás el verdadero despilfarro no está en las plantas llamadas 'desechables', sino en un modelo que despilfarra la diversidad, la salud y la soberanía alimentaria en nombre del lucro.


Mi práctica, entonces, es un "modo de hacer" que DEFIENDE, PINTA, CELEBRA, DENUNCIA y HONRA a estos territorios y a todo lo que resiste.


La superficie sembrada con cereales y oleaginosas se incrementó de 19 mil hectáreas en 1990 a 41.182.000 (117%) en 2023.

El uso de “plaguicidas” en este período se incrementó de 35 a 600 millones de kg/lts (1657%) de los cuales más del 50% corresponden al glifosato.

Actualmente las políticas nacionales demuestran y se jactan públicamente de favorecer y promover el agronegocio y a los sectores concentrados de poder: bajando retenciones, impulsando el RIGI, aprobando e incentivando los cultivos transgénicos, flexibilizando los procesos de autorización, registro e importación de agrotóxicos, desregulando el uso de drones para aplicación de veneno, incumpliendo normativas que preservan la salud y calidad de la vida humana y desfinanciando o eliminando políticas públicas destinadas a la producción alimentaria soberana.


Cuando ilustro un yuyo que crece en la fisura, o un bicho que tiene la mala fama del olor; cuando nos revuelve las tripas escuchar hablar de malezas y plagas o nos emociona y enorgullece la bacteria en el intestino de la Chinche verde que procesa y asimila el insecticida que este insecto recibe sobre su cuerpo, se atiborran las preguntas:

¿cómo es que se ordenan las cosas?

¿cuál es el valor que se le asigna a cada ser (sujeto u objeto)?

¿quién se lo asigna, para qué, para cuántos?


Si en Argentina actualmente 13 millones de personas son fumigadas anualmente y los alimentos de la mayoría de las mesas poseen restos del paquete tecnológico:

¿qué valor tiene la vida?

¿quién decide qué sobra, quién es el resto y quién es desechable?


Quizás entonces el desperdicio —aquella dispersión, destrucción y pérdida que definía el diccionario— no sea la ruina, sino la semilla de otra cosa: la dispersión de las malezas que repueblan el campo envenenado; la destrucción necesaria de un paradigma que nos envenena; la pérdida de confianza en un sistema que nos declara, a nosotres y a los territorios, prescindibles.


Desperdiciar, después de todo, es también lo que hace el modelo productivo con la vida. Y perderse completamente, tal vez, sea la única manera de encontrar otros caminos.


Quizás sea hora de levantar cucharas, banderas y pinceles para revolver un poco hechos y desechos, y descubrir, en lo que llamaron sobra, la trama de un mundo nuevo.



(transcripción de la charla "ECONOMÍA DE LOS DESECHOS: modos de hacer con lo que resta" en Biblioteca Actividad local del CID-Tucumán, diciembre 2025)


 
 
 

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